Qué curioso
querer saber para dónde ir precisamente cuando no puedes ir para ningún lado,
literalmente, porque una pandemia detuvo al mundo entero.
Y entonces tienes
que mirar para adentro. Tienes que voltear a ver todo lo que el tráfico, el
cine, los amigos, la comidas, el trabajo, se hacían cargo de esconder un rato,
hasta ese momento antes de meterte a la cama.
Mirar hacia
adentro. Caminar las montañas de los sentimientos. Buscar los caminos mal
trazados que te llevan al juicio y a la pesadumbre de no haber hecho lo que se
esperaba de ti. Desdibujarte enfrente del espejo y tratar de encontrarte donde
no ves el reflejo. Donde todo cobra un sentido catastrófico o insignificante.
Donde todo es tanto que no sabes por dónde empezar.
Y quién sabe cuánto
vaya a durar el encierro, hasta que se masifique una vacuna probablemente. ¿Y
el otro encierro? ¿El que te hace temblar el párpado y te despierta una y otra
vez en la madrugada? ¿Se llama ansiedad? ¿Se llama decisiones no tomadas o mal
tomadas en su momento? ¿Se llama que ya sabes que un día te vas a morir y te da
miedo morir sin haber hecho todo lo que querías? ¿Se llama que no sabes si
quieres hacer todo lo que quieres hacer, porque un día te vas a morir y
entonces qué?
Se llama encierro
y la otra voz que viene de adentro te dice “más te vale que te vayas
acostumbrando”. Pero, ¿y si se termina pronto? ¿Y si todo vuelve a la
normalidad de un día a otro, así como empezó todo? Entonces la otra voz te dice
“también tienes que estar preparado, ya sabes, para lo que sea, siempre tienes
que estar preparado” y volteas a ver al perchero donde colgaste la mochila con
tus documentos, una linterna y latas para aguantar unos días, por si volvía a
temblar.
Se llama encierro
y me suena a que esto ya le había pasado a la humanidad, te dices. No es la
primera vez que la gente tiene que pasar por algo así. ¿Cómo se come, cómo se
escucha, cómo chingados se siente si no es con la contractura en el cuello? Ya
pasará, te dices.
Y sigues
averiguando para dónde ir, entre 4 paredes, porque afortunadamente tienes
paredes y das gracias. Pero sigues rebotando infinitamente. Quisieras ser una
burbuja y estallar de repente, o resplandecer con los rayos de sol. Porque allá
afuera sigue habiendo sol, luna, estrellas, pajaritos y olas y arena y nubes. Quisieras
ser pajarito y acercarte a tomar agua con azúcar del bebedero de la vecina.
Pero un día también podrías estrellarte contra una de las 4 paredes, porque cualquier
cosa puede pasar, te dices. Y dices mariguanadas sin haber fumado mota en años.
Y te resignas
antes de meterte a la cama y te dices que mañana será otro día. Y tu yo del
mañana ya tendrá el problema de decidir para dónde ir cuando justamente lo que
no tienes que hacer es ir.